ÁNGEL

Cuando me vaya, decía
(y nadie creyó que llegara a hacerlo)
no quedará de mí un sólo recuerdo.

Estuvo la mitad de un almanaque
y ya nadie dijo nunca nada
y todos niegan sus palabras
y todos se hacen rehaciéndolo.

Se fue porque sí,
a pasar por otras sienes
su espada de fuego.
Se fue porque sí,
a reventar la luz en otros sesos.

Los recuerdos son recuerdos.
El dolor es aún presencia
del ángel que llegó y partió
y limpió la mirada de unos ojos ciegos.

1.Estimado poeta:
He recibido el libro Soñando al hombre” que tan gentilmente me remite usted. Aunque ya conocía - a través de los CPN de Prometeo - algunos de los poemas en él incluidos, debo confesarle que me ha sorprendido muy favorablemente, ya que, en mi modesto concepto, el libro, dentro de su doble unidad estilística, temática, los realza al situarlos en bloque (cada uno con su afanosa contribución humana) como si fueran las caras de un originalísimo poliedro. Observo que tiene usted un valiente desgarro para traducir las imágenes (esos huéspedes insaciables que conforman el universo onírico del poeta) en un lenguaje diferente, coloquial, a veces anárquico, pero siempre encendido de auténtica poesía. Sin que haya, en ninguno de los poemas, el menor asomo de imitación, algunos momentos de ese retorcido idioma tan personal recuerdan -conservando una auténtica identidad- al mejor Vallejo. Felicitaciones sinceras, José Niño.

Pedro José Palacios. Poeta español miembro de la APP, Madrid, España.

2. “Prosigue estos poemas de José Niño, agrupados en “Soñando al hombre”, ésa mirada fresca ante el mundo, esa escritura tan sincera en que se entra a ellos como casa conocida, que inauguró en su primer libro de poemas “Palabrala”. Complace poder regocijarse con un poema urbano, de la cosa diaria, cuya belleza estalla a los ojos, como el renovado florecer de la rosa, frente a una “poética al uso” que se empeña o en el excesivo simbolismo o en la vaguedad externa de no decir nada. Aquí en cambio se nota la acesación cotidiana de ese hombre aventado a las circunstancias, que lo somos todos, y en donde el asombro, sigue ahí en el reposo de la sola mirada enamorada, en el milagro de la claridad. El poema de José Niño lo desarma a úno, prevenido como se vive en un mundo en donde el visaje y la prefabricación efectista, de pronto tienen tanta audiencia. El poema de José Niño entraña lo que uno lleva en el balbuceo de las horas, es familiar como voz sentida y consentida, que da el gusto de así se siente la vida y así la expresamos quienes llevamos a flor de piel angustias, dolores y quereres".

Hernán Nicholls. Crítico de arte, columnista de diferentes medios en colombia.

3. En las dos últimas décadas, los poetas hispanoamericanos han asumido una conciencia colectiva deudora, a su vez, de una consciencia atávica refractaria para unos modelos socio-políticos transgresores casi perennes de libertades. De aquí que la realidad vigente se haya sustentado con frecuencia en la ironía -hija del desencanto- y que lo quimérico, por soñado, haya pasado a formar parte de la misma existencia. Consciente de ello, José Niño, merodeante en torno a un mundo accesible, más inhóspito, adecúa el tiempo presente a una reflexión alentadora de lo porvenir, esperanzada por de la propia insumisión, tal ocurre en su poema “Sobre pájaros”, “las plumas son el vuelo, / como la poesía, el amor, la muerte. / A mi me basta con seguir su rumbo / y comprender que toda frontera empequeñece”. Sea como fuere, no nos hallamos ante un estilista del verso. Ya Oscar Echeverri Mejía apunta en su prólogo a “Soñando al hombre”que la de José Niño, colombiano nacido en 1956, podría definirse como “poesía de lo cotidiano”, y también como “simple y conversacional”. En efecto, su manifiesto es de tener cuenta por sentido y entrañado, y su estoicismo posee visos insoslayables de amabilidad ( así en “A dónde”: “Qué se hizo / toda esta alegría, / este amanecer que nos entrega vivos, / este día abrazo, cálido, sincero?”), más sus métodos expositivos no dejan de ser rudos, rudimentarios incluso, y dudosamente válidos a la hora de tratar de acentuar la prestancia del parecer o de la idea, como el vacío tipográfico, o la inopinada mayúscula, o la anáfora incesante, o los forzados malabarismos con las palabras. No cabe duda de que el compromiso humanitario del poeta, basado en preceptos y experiencias íntimos, encierra este tipo de riesgos. El ánimo enardecido o exaltado no ayuda, en ocasiones, a atemperar la bondad del poema, y si, en cambio, a presentarlo como valedor inefable y definitivo. Entonces el aliciente de la sutileza desaparece, y también el guiño irónico al que me refiero al principio de este comentario. Abro por la página 45 de “Soñando al hombre”. “Disculpe usted, / las personas torpes como yo, / somos, quizás, impertinentes, / pero ese ardid que usted ahora tiende / me parece verdaderamente inútil, / como inútil es el manual de rutas / que usted trae…” Cuando Niño se remite a lo amoroso, su discurso se remanza y cobra calidez. Y cuando la verdad vital arraiga en su intuición, le conduce a versos de tan precisa hechura como los que concluyen “La llave”: “Llevo la llave siempre mía / hasta el día en que la puerta de mi casa / se abra hacia el asombro de la muerte”. Quiero decir con lo apunta que “Soñando al hombre” me parece una obra desigual en cuanto a los procedimientos líricos utilizados; no así en lo referente al lenguaje, uniforme y provisto del toque de cotidianidad que este universo requiere.

Carlos María Mainez, catedrático Universidad Autónoma de Madrid, España. Miembro de la APP. Valor de la palabra (772/90)

4. ESTOS VERSOS
Escribió Ovidio: “Un dios habita en nosotros; cuando él se agita, llénase de ardor nuestro espíritu. Este impulso es el que hace germinar las semillas de la celeste inspiración”. ¡Qué pensaría hoy el gran poeta latino, cuando los nuevos vientos de la poesía rechazan lo que los clásicos y los románticos llamaban “inspiración”?. Los poetas de hogaño rechazan ese término. Creen en lo cotidiano, lo repentino. Hacen a un lado la elaboración, el ritmo, la rima. Apelan al verso libre, olvidando que, como dijo otro poeta, Robert Frost, “escribir en verso libre es como jugar al tenis sin red”… Nosotros, los de la “vieja guardia”, creíamos con Unamuno que “nada que no sea verdad puede ser de veras poético”. Estas divagaciones, a propósito del libro Soñando al hombre, que su autor, el joven escritor José Niño, ha tenido la deferencia de traerme hasta mi refugio de “Aguasabrosa” donde, precisamente, busco la hoy en desuso inspiración para mis versos.

José ya había publicado su primer libro, Palabrala, sobre el cual escribí una breve nota periodística, en la que anunciaba una nueva voz en el panorama poético colombiano de las nuevas generaciones. Es muy generoso de su parte el que me haya pedido unas líneas introductorias de Soñando al hombre, a sabiendas de la diferencia de estilos entre él y yo, nacida de la distancia generacional.

La poesía de Niño es, como la de sus contemporáneos, simple y conversacional. Después del Nadaísmo, los poetas más jóvenes parece que se han quedado en esa especie de “antipoesía” que escribían Gonzálo Arango y sus seguidores. Digo esto no en sentido peyorativo, pues todo arte siempre que sea sincero y noble, es respetable. Y creo que los últimos lo que desean es no imitar a las generaciones de Piedra y cielo hacia atrás, sino procurar lanzar su propia voz. De ahí que apelen a palabras y temas antes vedados o considerados reñidos con la poesía. La suya podría definirse como la poesía de lo cotidiano.

Oigamos algunos ejemplos de Soñando al hombre: “Cuelgo las ropas / y los gestos amañados / y la amistad renegociada / y la pinta de domingo”. (“Coloquio mudo”). “¿A dóde fue a parar / esta alegría que tengo, / esta cara de me voy para cine, / este lucir zapatos nuevos?” (“Adónde”). “No vaya usted a creer / que el hígado me duele / por esa boca suya esquiva…” (“No vaya usted”).

No obstante esas obvias concesiones a la actualidad poética, En José Niño hay un verdadero poeta quizá un poco alucinado por su propio lirismo íntimo. De ahí que de repente se le escapan versos de hondo lirismo y de inmensa claridad, como los que entresacaré enseguida: “Se fue porque sí, / a pasar por otras sienes / su espada de fuego”. (Angel”). “Porque el Edén jamás fue estanque / sino río que discurre, movimiento”. (Apunto”). Como luciérnagas brillan aquí y allá originales metáforas: “El espejo congela el rostro de la herida”. “Llevo la llave siempre mía / hasta el día en que la puerta de mi casa / se abra hacia el asombro de la muerte”. “…aún cree en el límpido eco de la lluvia, / en la noticia que trae algún hallazgo, / en el susurro del soplo arisco de los vientos”…”Hacia usted voy, montaña, arcilla, / porque viene de lejos, de la primera hembra, / a tupir la noche con estrellas furtivas”.

Creo en José Niño. Creo que es poeta después de leer estos versos de Soñando al hombre. Creo en él como creo en el pequeño árbol que siembro casi todos los días en mi retiro del campo, porque sé que mañana me ha de dar jugosos, deleitosos frutos.

Oscar Echeverri Mejía. Poeta. Académico de la lengua colombiana. Columnista de los principales diarios del país.

_self
_self _self _self